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Crítica de FAUSTOLa barraca

FAUSTO

TIERRAS MALDITAS

Es un ejemplar eminentemente entretenido, adictivo y apasionante; no hay que olvidar que, ya hacia finales del XIX y los inicios del siglo XX, Blasco Ibáñez fue considerado el primer autor español de best-sellers. Pero no proliferan las características estilísticas típicas de esta clase de literatura: abundantes coloquios y acción trepidante; sino que compone una prosa pormenorizada en descripciones (excelentes retratos campestres), poco diálogo pero relevante y fructífero, y un lenguaje sencillo en el devenir de hechos. “La barraca” pertenece al género naturalista con “incrustaciones” de elementos costumbristas. Es una ficción-denuncia sobre la injustica social y el irracionalismo de una comunidad, que están localizadas en la región rural de la huerta valencia con sus tradiciones y cultura particular.
Los personajes están elaborados y definidos desde el principio, y aquí reside lo más negativo o, mejor dicho, lo menos positivo: el maniqueísmo. Dentro de la dicotomía (que dado lo atractivo y lo excitante de la trama, llega a ser una materia trivial) tiene la originalidad de contar dos veces la “misma historia”, siendo la parte bondadosa una humilde familia campesina y el mal representado por el patrono capitalista sin escrúpulos; que más tarde, en la “segunda versión”, todo el gremio agricultor de la huerta se unirá a la parte malvada, todos contra un pobre (con las dos acepciones: sin dinero y digno de lástima) pero honrado labriego. Historias paralelas con diferentes verdugos. La injusticia genera y desarrolla injusticia, ya sea la ruin avidez de los ricos hacendados como la solidaridad de los trabajadores a través de una fuerza absurda (como bien intencionada) e ilógica para defender su dignidad.

“La barraca” es un texto corto dividido en 10 capítulos. En los dos primeros cuentan la trágica existencia del tío Barret, arrendatario de la típica casa valenciana, que tras unas vicisitudes fatalistas y un final desgraciado para él, su mujer e hijas, la barraca queda condenada al ostracismo por toda la comunidad, convirtiéndose en un símbolo y advertencia contra la avaricia de los amos de la tierra. Queda declarada solidaridad de los desamparados contra la injusticia y la riqueza de los terratenientes. A partir del tercer capítulo se introduce al protagonista principal: la familia de Batiste. Es el nuevo inquilino de la proscrita barraca, que no sólo “hereda” unas tierras para el cultivo, también la maldición del tío Barret y la gente de la huerta, personalizados en la figura de Pimentó: un pendenciero y bravucón héroe local. La gente de Batiste (esposa y 5 hijos) vivirá en un constante menosprecio, en una conjura de la necedad enclavada en un ambiente cada vez más asfixiante, opresivo y salvaje. Son temas recurrentes la lucha contra el abuso, la autoridad paterna, el derecho al trabajo, la arbitrariedad de los hombres y sus normas, que no protegen al honesto. La honradez y el sagrado pan de los hijos, conseguido con el sudor de la frente, son el leitmotiv de estas víctimas inocentes.

La desgracia (previsible desde las primeras líneas) estará siempre presente. Un acontecimiento aciago tiene, paradójicamente, la virtud de sacar la bondad y la cooperación de la vecindad, es un perdón conseguido con sangre. Sin embargo, es un paréntesis dentro del nefasto destino. Toda bondad, toda razón, todo acto se ve abocado a relucir la miseria humana, el odio irreconciliable, el orgullo, la violencia y la venganza, en pos de un mal llamado sentimiento del honor y hombría.


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