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Crítica de FAUSTOLo bello y lo triste

FAUSTO
  • Lo mejor El lenguaje poético

UN LIENZO ESCRITO CON PAISAJES DE PASIÓN

Sin llegar a la excelencia, ha sido una lectura notable, bastante agradable y amena. Me ha encantado acercarme otra vez a la literatura japonesa y descubrir otro gran escritor. Seguiré leyendo a este novelista, donde espero y deseo que se incrementen las impresiones que me han atrapado con su expresión poética.

Kawabata con una prosa pausada, sensible, detallista y estética, sobre todo al principio, ha creado con maestría unos excelentes paisajes que armonizan perfectamente con el sentimiento interior de los protagonistas. Su lenguaje está compuesto de imágenes evocadoras, que confeccionan el fiel reflejo del alma, del sentir interior y sufriente de cada personaje. La soledad, la nostalgia, o el dolor son los pigmentos esenciales que integran las escenas alusivas; ya sea la luz solar con matices purpúreos o rojizos, vistas campestres y bucólicas, o sólo el tono puro de un color, una predominante coloración con el claro propósito de simbolizar un estado de ánimo. No son exclusivas las percepciones visuales, el sonido (ruidos, susurros, ecos, murmullos, gritos) y los olores inciden armonizando el ambiente.
Al estilo de la composición pictórica (el arte es muy importante en el argumento, en especial la pintura y la literatura) el novelista ha creado un “lienzo” de elegantes palabras, con pinceladas coloristas, imágenes de la naturaleza, motivos florales alegóricos, templos milenarios, jardines frondosos, asimismo puntualizando rituales culturales o ceremoniosos.
Como el apropiado título anuncia, es un “cuadro” rebosante de belleza y tristeza. Estas composiciones artísticas están diseminadas por toda la narración, que según mi criterio es la esencia de la novela.

Como ya hizo Proust con su magdalena, y más tarde Murakami con una canción en “Tokio blues”, cualquier elemento, ya sea una acción, un objeto, o un ruido, se convierte en el “resorte” de los recuerdos. Oki, escritor de éxito (especialmente por una novela de amor biográfica), evocará la relación prohibida y tormentosa con su antigua amante. Será la génesis de una pasión atípica y nada convencional de un triangulo amoroso; aparentemente “equilátero” en relaciones, pero, en determinadas fases, será isósceles y escaleno en afectos, valga el símil geométrico.

El novelista, ya cincuentón, con un cariz solitario, triste e íntimo, y arrastrado por la nostalgia del pasado y de la juventud, intentará (citando otra vez a Proust) la busca del tiempo perdido. Sera el introductor de las dos figuras femeninas, que para mí son lo más interesante de la historia.
Otoko, ser pasional que siendo adolescente (una Lolita) tuvo con Oki una relación vehemente y tormentosa, una mujer marcada por este amor avasallador transformándola en una persona pasiva y resignada ante su situación y la separación del ser amado. Ahora es una pintora famosa que intentará plasmar los miedos, deseos, perdidas y sentimientos en los simbolismos de sus obras pictóricas.
Keiko, discípula de Otoko, también es otra mujer pasional pero diametralmente opuesta a su maestra. Es una persona impulsiva, cautivadora pero peligrosa, amoral, inconformista, manipuladora y vengativa. Su juventud posee una personalidad atrayente por la ambivalencia de su carácter y su peculiar mezcla de belleza, riesgo y aventura.

El corazón de la novela (no confundir con la esencia), se encuentra en sus extensos diálogos acompañados de monólogos interiores, que están compuestos por sus pensamientos íntimos y melancólicos recuerdos. Aquí se concentran todas las actitudes y caracteres de este trío de protagonistas principales, con sugerentes escenas eróticas. Es un gran estudio psicológico donde conocemos: la añoranza de la juventud y el paso del tiempo con la decrepitud de la vejez; la pasión integra (básicamente en Otoko), que es incorruptible a lo largo de los años y de los convencionalismos sociales y familiares; los sentimientos de culpa y remordimientos ante sí mismo, el amante, o la familia; el dolor íntimamente mezclado con el placer sensual.

La trama ha ido creciendo paulatinamente según avanza la narración, concentrándose en el protagonismo del trío sentimental, donde, vuelvo a reiterar, destaco los personajes femeninos, siendo antagónicos en facetas emotivas: amor, sexo, temperamento y actitud. Da pábulo a una posible representación de la dualidad en la mujer nipona, la tradicional y la moderna.
Con una conclusión de cierta ambigüedad, proporciona a la historia un final abierto y perturbador, que casi se asemeja a una intriga policiaca, conteniendo una femme fatale del género negro.

Primer literato japonés en recibir el Nobel. Su temperamento y personalidad caracterizados por la soledad, la tristeza y pensamientos lúgubres (el suicidio) predominan en la concepción de su obra, por lo menos en este escrito.
Hay un dato biográfico que llama poderosamente la atención: conocedor del budismo, pero sintiéndose profundamente ateo, en su juventud profetizó que la literatura llegaría a sustituir la religión. Desconociendo esta profecía (realidad, sueño o utopía), ya me siento un verdadero creyente de esta revelación. Un devoto de este nuevo y grandioso credo, donde idolatro tanto a dioses (y diosas) consagrados y elevados a los más altos altares; como a las otras divinidades menores más asequibles y cercanas, e incluso a demonios irreverentes con ínfulas celestiales.
Ante la “Anunciación” de Kawabata, y para finalizar con esta inspiración mística y sacrílega, sólo me queda decir: ¡AMÉN!


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