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Crítica de RiglesiasLa carretera

Riglesias

La desolación.
El vacío más inaudito golpeando las ansias sin vida ni ilusión de quien no tiene nada. De quien se sabe perdido. Caminando en el vacío descarnado. De quien solo -tan solo- atesora su propia obstinación, la empecinada esperanza de llegar… no se sabe dónde… no se sabe cómo… llegar a un lugar tan indeterminado e indefinido como la realidad que viven.
Un padre –sin nombre- solo un padre.
Un hijo –sin nombre- solo un hijo.
Pero ambos se erigen en mudos espectadores… silenciosos –casi aislados- representantes de una raza humana que ha sobrevivido a una catástrofe de dimensiones apocalípticas, no se sabe cuál… no se sabe cómo… capaz de arrasar la tierra y la vida entera, hasta límites de ciencia ficción, dejando tras de sí una inmensa capa de ceniza que lo impregna todo, que lo cubre todo, como la piel mudada de una naturaleza muerta, y el más absoluto y sombrío e implacable de los fríos.
La historia es la historia de un viaje. Es UN VIAJE en sí misma. Es la representación gráfica de un descenso al abismo y el infierno del ser humano. No hay más. Vicisitudes. Angustia. Opresión. Soledad y desastre. Desolación a manos llenas… Un viaje, una huida de ese padre y ese hijo –ambos sin nombre, ambos como animales acosados- a través de parajes desiertos de vida, de páramos yermos… Un viaje, una peregrinación, que tiene como hilo conductor una carretera, indeterminada e indefinida –también, casi siempre, sin nombre-. La misma que, en un acto de fe, los ha de llevar hacia el Sur, en la creencia ¿quién sabe si real? de que allí encontrarán al resto de supervivientes –una parte al menos- que no solo han conseguido salvarse del desastre del cataclismo, sino incluso han conseguido salvarse de la tragedia de unos supervivientes que, en una espiral de desesperación, han llegado al canibalismo, sacando a la luz lo peor del ser humano.
A veces, cuando lee uno esta novela, tiene la pegajosa sensación de respirar esa ceniza, de sentir la seca humedad de la ceniza en la boca. A veces, cuando avanza uno por los paisajes de ceniza y palabras y silencio que dibuja la carretera, tiene la sensación de que ese padre ES la carretera. Maltrecha pero firme. Guardando sus dudas y sus miedos para él solo… Enfrentando sus fantasmas en la soledad de la noche, a espaldas del hijo, él solo… Siempre hacia delante. Siempre sin parar porque detenerse es morir. Es el padre en sí mismo el camino elegido para llevar a ese niño –ese hijo sin nombre portador del fuego- a la única esperanza de salvación.
Un libro intenso. Una novela triste. Un puño atenazando, plantando en un lugar tan indeterminado e indefinido del alma, la inquietante pregunta de lo que llevamos dentro… Una lectura dura pero muy recomendable…

― Fuente

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