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Crítica de FAUSTOLa busca

FAUSTO

LA LUCHA POR SOBREVIVIR

“La busca” es la primera novela de la trilogía “La lucha por la vida”. Una trama con claroscuros donde la existencia es una cruenta lucha, como señala el título “darwiniano” de la saga. Conseguir comida y poder alimentarse (bien o mal, mucho o poco) y lo que ello conlleva o arrastra es “el pan nuestro de cada día” de una muchedumbre variopinta.

Obra realista divida en 3 partes con desigualdad en extensión y capítulos. En la breve primera parte, posiblemente la mejor ya que consigue atrapar la atención del lector, se hace un detallado retrato del Madrid de principios de siglo, básicamente sobre ambientes humildes que se acentuarán en las 2 siguientes etapas. Manuel, el joven protagonista, será los ojos del autor y se convertirá en una especie de crónica-documento de la ciudad. La acción comienza en la típica pensión donde conviven las más dispares personalidades: estudiantes, curas, prostitutas, buscavidas, fisgonas, maldicentes, etc. Singular lugar (tan bien aprovechado literariamente) donde se dan un sinfín de intereses, amoríos, intrigas y confabulaciones.

Tras este corto periodo, entra en el mundo laboral o, mejor dicho, consigue un “curro precario”. Una zapatería, propiedad de unos parientes, donde trabará conocimiento con su primo que será la llave para el descubrimiento de los barrios bajos, la criminalidad y las tascas con personajes estrafalarios y de baja estofa. El novelista refleja perfectamente esta chusma, no sólo físicamente (taras, enfermedades y maneras), sino también el lenguaje o jerga que los identifica. El humor, presente en la primera parte y al inicio de ésta, se va diluyendo conforme avanzan las aventuras (o desventuras) de Miguel; una actitud más acorde con el tono trágico y pesimista de la historia. Lo que si continúa, de forma exhaustiva y excelente, son las variadas descripciones, desde edificios deteriorados hasta atmósferas saturadas de podredumbre y miseria. Es un Madrid destartalado, sucio y con espacios malolientes, incluyendo los yermos cuadros campestres.

En la última parte el foco se centra en esta clase de microcosmos con sus estrambóticas figuras. Se ponen de manifiesto la moral laxa, los móviles egoístas, las acciones vulgares y la maldad acompañada con la omnipresente y atroz violencia. La hegemonía de la fuerza bruta y su “razón” (instintos bajos y básicos) anteponiéndose a otro tipo de consideración, es el principio por el cual se rige esta vida: es barato morir, trabajando o no; las relaciones de pareja o las pasiones son tortuosas, pues el amor es indisoluble con los celos y amargura; la mujer es siempre menospreciada y ella se reafirma con perversidad; el sexo es precoz y la prostitución una cosa cotidiana; el alcohol y los vicios son los elementos comunes a todos; la amistad se mide por el interés; y el compañerismo se ve con recelo.

Baroja ha dividido la vida (existencia-subsistencia) madrileña en 2 mundos paralelos (casi igual de míseros) pero interrelacionados: de un lado habitan la vida diurna, la sociedad urbana, la actividad serena y el esfuerzo de los trabajadores; y de la otra parte están la vida nocturna, los suburbios, la brusquedad y la actividad febril de los delincuentes. El protagonista, desde el inicio hasta el mismo final, se encuentra en un dilema moral entre elegir un camino u otro.

Novela escrita con un estilo sencillo, claro, ritmo ágil con abundantes diálogos y, como apunto al principio, de una forma atractiva. Configurado con un diseño “aséptico” dibuja la difícil situación de la capital de los primeros años del siglo XX, sin detenerse en buscar o indicar las causas (sociales o políticas) y culpables de la realidad. Baroja no cae en el error de tomar partido e inculpar (como el ínclito Galdós), ni siquiera se ampara en fórmulas naturalistas y maniqueas. En este sentido la narración es perfecta, no obstante, y según mi impresión, la novela adolece de varios momentos lánguidos y esa falta de vigor en expresar emociones pasa factura; todo ello debido a la pasividad y la apatía de carácter de la figura principal que está en perfecta sintonía y concordancia con la imparcialidad de la historia.


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