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Crítica de FAUSTOLas hermanas coloradas

FAUSTO

PLINIO, EL INGENIOSO DECTECTIVE DE LA MANCHA

En un lugar de la Mancha cuyo nombre es Tomelloso, no ha mucho tiempo que vivía un guardia municipal de los de sable en cintura, gorra de plato y pitillo en labio. Con esta burda y sacrílega imitación no quiero significar paralelismos entre dos figuras literarias (¡que la musa Calíope me libre!, y ya aviso que me queda por hacer otra equivalencia blasfema) siendo una de ellas un emblema como Don Quijote, que además ambas tienen poco en común: región de nacimiento, cierta similitud física (asimismo incluyo a sus acompañantes) y sus andanzas como desfacedores de entuertos, sino que deseo relacionar la importancia que tuvieron en las letras españolas; obviamente sin entrar en comparaciones de transcendencia y repercusión con la magna obra de Cervantes. El personaje de Plinio, dentro del denostado y menospreciado género policiaco español, es el pionero en nuestra narrativa protagonizando una serie de novelas y relatos.

El género detectivesco o policiaco, centrado en resolver un enigma criminal, tuvo su origen en los relatos de Poe interpretados por Dupin en 1841, pero hay críticos que declaran como verdadero padre del género a Balzac con “Asunto tenebroso” escrito a principios del mismo año. Personalmente, y siendo puristas con esta variedad narrativa, considero al norteamericano como el genuino fundador. Más tarde, finales de los años 20 y también en EE.UU., este estilo sufre una evolución o, mejor dicho, una transformación: surge la novela negra donde el leitmotiv pasa a ser la crítica social y el análisis de personajes, además de otras propiedades peculiares.
En España este recorrido es infructuoso y variopinto, aunque lo cultivan esporádicamente en relatos autores de renombre como Alarcón, Galdós o Pardo Bazán. En los años 20 y después de la guerra civil se publicaron novelas populares de escasa calidad que se mezclaba con el género típico de aventuras, y no es hasta la aparición de García Pavón, con su policía a finales de los 60, quien le da una dignidad y cierto empaque a esta rama novelística.

Anteriormente a esta novela había leído dos libros: sus inicios en tres textos breves (“Plinio. Primeras novelas”) y un luego un tomo que agrupa sus cuentos. Desde la primera novela corta ya me atrapó el personaje, el mundo particular que le rodea y el estilo humorístico con sus buenas dosis de crítica (quizá sea al revés, estilo crítico con sus buenas dosis de humor, el resultado es el mismo) de García Pavón. Aunque debo confesar que mi primer pensamiento me indujo que era una parodia de las aventuras de Sherlock, al trasladar el par protagonista de un Londres cosmopolita a los hábitos rústicos de un pueblo y convertido en un dúo extravagante: un perspicaz municipal acompañado de su fiel amigo Don Lotario, el veterinario, que al igual que Watson profesa la medicina. Esta correspondencia, superada la inicial impresión, permite sospechar en un guiño, homenaje o broma del escritor, pues ahondando en la lectura se verifica que la construcción de la trama, la creación de personajes y la ejecución de la prosa tienen su propia naturaleza y sustancia yendo más allá de una mera caricatura.

García Pavón pretendió, desde un principio, dotar a la novela policial española de identidad propia y para ello acudió a los recuerdos, vivencias, anécdotas y costumbres que conocía, los de su propio pueblo de Tomelloso. Engendró a su paisano Manuel González, alias “Plinio” (ni el propio autor es capaz de explicar el porqué del mote), con reminiscencias físicas y ademanes, no de talento, de cierto jefe municipal que conoció de chico y que le hizo cierta gracia. En estos primeros relatos, el pueblo en sí: la topografía del municipio y sus gentes tomadas como una colectividad común, son un personaje más y de capital importancia. Este detalle sería suficiente para calificarlos de costumbristas, no obstante, los localismos no merman su dimensión universal al retratar situaciones y personajes movidos por pasiones (amor, poder, sexo, ambición, maldad, honor, etc.) que no se circunscriben a un lugar determinado o nacionalidad. La condición humana no tiene bandera.
Otra característica es la propiedad de “hibrido”: la narración contiene mayoritariamente elementos detectivescos (el hilo conductor siempre es el crimen con su posterior investigación) y detalles de novela negra como la crítica social que apunté al principio. La novela negra española, con sus componentes de acción, violencia, corrupción, drogas y sexo, no surgió hasta después de la dictadura con autores como Montalbán. Podría decirse que las aventuras de Plinio hacen de eslabón que permite surgir de forma natural el género negro.

Centrándome ya en “Las hermanas coloradas”, seguramente su libro más conocido y además avalado por el Nadal, me atrevo a especular que es el más original de la serie. Hay algunas diferencias con sus iniciales novelitas y demás cuentos, primero ya no se sitúa en las décadas de los años 20-30 sino que es coetáneo con la fecha de la escritura, en 1969; y, sobre todo, la acción se desplaza a Madrid, aunque la mayoría de los personajes son oriundos de Tomelloso emigrados a la capital dando una sensación de cierta familiaridad aldeana.
Plinio, más avejentado, sufre una crisis personal y el alejamiento de su tierra la hace más intensa su melancolía. Sus disquisiciones filosóficas sobre la vida, o “senequeces” como se dice en su pueblo, ocupan una parte importante de la trama y abarcan varios temas. Desde el plano personal (identidad, la familia, recuerdos militares de juventud en Madrid, preocupación por la muerte o la capacidad profesional) hasta cuestiones más generales. Este último apartado es donde encontramos el análisis social y la “vena larriana” del autor. García Pavón pone en solfa una variedad de aspectos sociales, psicológicos y políticos: la deshumanización y el anonimato que generan las grandes ciudades frente a la solidaridad de la “gente rústica”; las costumbres “bárbaras” de los pueblos; el carácter español con sus ideas caducas, la represión sexual (alusiones al homosexualismo), el machismo y el instinto materno; las rencillas ideológicas y la siempre presente y nunca cicatrizada herida de la guerra civil; o el empleo burocrático que posibilita unas sinecuras inverosímiles y de difícil conciliación en una comunidad moderna.
Otro punto crucial es la prosa y el lenguaje empleado por el literato manchego. El mencionado humorismo es evidente en los diálogos y descripciones (humanas y materiales) provocando no pocas sonrisas y alguna que otra carcajada. Con un estilo sencillo, ágil y directo pero de una gran riqueza léxica, ya que el autor reproduce a la perfección el habla propia de los lugareños con sus dichos y palabras con retranca, expresiones de doble sentido, coplas y canciones, y, cómo no, con los consiguientes errores lingüísticos.
El caso criminal, la desaparición de unas ilustres tomellosanas, está dentro de los cánones argumentales del género, con sus dosis de intriga, incluso con matiz siniestro, pistas desconcertantes, reunión de sospechosos y final explicativo.
Plinio tiene su método detectivesco propio. Confiando más en su inteligencia innata y astucia, el denominado “pálpito”, que en los avances de la ciencia en materia criminalística, y especialmente con más seguridad en el descernimiento y conocimiento de la psicología humana que elucubrar fantasiosas teorías sobre las huellas e indicios que descubre.

Para poner punto final, sólo referiré brevemente (y muy comedido) la serie de televisión realizada poco después de las publicaciones, en 1972, y basada en diversos escritos sobre el agente municipal. Dirigida por Antonio Giménez Rico y con guión del mismo director y su amigo José Luis Garcí. Poco bueno que decir, en mi opinión, pues solamente se salvan los actores principales (Antonio Casal como Plinio y Alfonso del Real como Don Lotario), los secundarios y la ambientación. Lo principal, el texto como adaptación, deja mucho que desear, no desarrollando bien la trama y dejando en el tintero varias pormenorizaciones necesarias para una coherente historia. Puede que la culpa de este desbarajuste sea el escaso metraje de cada capítulo, unos 25 minutos. En concreto para la versión de “Las hermanas coloradas” se dividió en 3 episodios, sin embargo ni con ese tiempo extra se consiguió una decente traslación. Una pena, se merece algo mejor una figura como Plinio.


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