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Crítica de TmrrmtLa música del silencio

Tmrrmt

No voy a venir aquí a decir que el libro es una auténtica maravilla, pero como dice Patrick, no es un libro para todo el mundo, y para mi, no es un libro para "leer", si no un relato que tal vez pocos comprendamos y tal vez no de igual forma, sólo puedes esperar sentirte o no identificado, pero no una historia.

Quitando el tema de que es muy complejo de leer a pesar de lo corto que es, tiene algo muy especial dentro. Creo que Patrick podría haberlo resumido, o haberlo trabajado de otro modo, pero le salió así y bueno, lo acepto sólo por ese "algo" que para mi siempre ha sido especial, y es ese don de Auri por ser capaz de ver el alma en las cosas.

Esto es algo personal pero supongo que para entender mi punto de vista y el por qué a mi no me ha desagradado, al menos no el concepto, y el que exista un libro entero dedicado a ello:
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Cuando era niña recuerdo ver piedras por la calle, piedras muy concretas, o insectos, y pensar "pobrecitos, no puedo dejarlos aquí"
En mi pueblo tenía un cubo enorme lleno de piedras de la playa y yo sentía que todas esas piedras incomprendidas estaban bien así, pudiendo hacerse compañía.

Los insectos se me morían, y me frustraba mucho, yo trataba de hacer vivir a los caracoles "incomprendidos" o a las mariquitas con frío dentro de cajas de zapatos, y nunca dejé de insistir en darles una vida mejor.
También me recuerdo evitando pisar ciertas plantas cuando paseaba por el campo, o las pequeñas matas de cesped que salen en medio de la calle o la carretera.

Yo nunca me paré a pensar sobre esto, pero a todo lo que veía le tenía odio o cariño. Los pendientes por ejemplo siempre se me hicieron "seres" horribles, el escritorio de mi cuarto era odioso y siempre lo estaba arañando con los bolis.
Todos mis peluches (más de 100 llegué a contar) tenían nombre, familia, y los que no estaban en un "centro de adopción". Tenía pesadillas con que algunos se los tragaba el mar o se caían a algún lugar donde jamás los recuperaba, me causaba verdadera angustia imaginarlos tristes por estar solos y haberlos abandonado siendo yo la responsable de cuidarlos.

Un día de excursión con unos 10 u 11 años, pasamos por una zona con piedras negras (no sé si realmente era carboncillo o que era, juraría que si eran piedras), y enseguida comencé a meterme miles en el bolsillo.
Además recuerdo muy bien que yo sentía que esas piedras estaban siendo maltratadas por todas las demás piedras, que se reían de ellas por no tener una forma adecuada (tal vez lo asociaba a lo que yo pasaba en el colegio por estar gordita)
Llegó un punto en que no podía más y de hecho mis bolsillos se estaban agujereando. Un chico de mi clase se lo dijo a mi profesora y ella lógicamente, me dijo que soltara todas las piedras, y yo le dije algo así como que "no podía dejarlas allí". Me llamó estúpida literalmente, me obligó a tirarlas todas y me dijo que era muy mayor por ponerme a llorar por algo así, pero realmente me sentía mal.

Me paré a pensar en que lo que hacía era raro, o que al menos los demás lo veían raro, pero yo no podía dejar de pensar que era algo lógico, que los palos, las hojas y las piedras tenían un alma o algo así, y nosotros los tratábamos mal sin que ellos pudieran siquiera quejarse.
A mis 20 y tantos años, soy incapaz de tirar mis peluches a pesar de que mi familia está harta por esas inmensas bolsas de basura llenas de ellos, y yo estoy harta de pensar lo horrible que se debe sentir estar ahí dentro.

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Hoy en día lo pienso y... ¡Qué bobada!... pero sigo cogiendo piedras de lugares especiales que siento desubicadas... sigo teniendo esa sensación de que algunos objetos tienen que venirse conmigo, algo similar a lo que le pasa a Auri...
Y no fue hasta hace unos años que descubrí en una entrevista a Joaquín Reyes, sobre su libro de humor de las piedras, que no soy la única que ve cierta alma en las cosas. De hecho, al parecer es algo "medio normal" en muchos que nos dedicamos al arte gráfico (pintura, escultura...)

No soy una loca con la casa llena de piedras, pero ese sentimiento de Auri lo tengo parecido, y el concepto del libro se me hace precioso sólo por eso.
No lo he disfrutado ni la mitad que El nombre del viendo o El temor de un hombre sabio, pero me ha dado un buen chute de amor en el alma.


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