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Crítica de FAUSTODafne desvanecida

FAUSTO

LA FICCIÓN TRASPASA LA REALIDAD Y VICEVERSA

Ha pasado bastante tiempo desde que deje postergadas, resignadamente, las novelas de Somoza. “La caverna de las ideas” fue un inicio prometedor en mi particular periplo por su obra, que luego ha ido dando bandazos (en concreto tres libros considerados como pasables o aceptables), no obstante, en mitad de dichas oscilaciones, hay otro momento culminante con “Clara en la penumbra”. Según mi criterio, no todas han sido acertadas, pero el leitmotiv de las novelas basado en el arte, disciplina intelectual o ciencia: filosofía, pintura, cine, poesía, mitología, etc., desarrollado en una trama de intriga, siempre me ha resultado interesante e instructivo ese exclusivo enfoque, independientemente de mi valoración final.

Después de ciertas vacilaciones me he decidido por este título, el cual no me “ha salido rana”, haciendo alusión a un importante tema de la trama: las metamorfosis. Ante todo, es una narración original donde la literatura, y el mundo que le rodea, es la base del argumento con concesiones a la psicología, el problema de la identidad, el binomio realidad-ficción y la mitología griega.
El origen del enigma se encuentra en la búsqueda de la identidad: de sí mismo y el recuerdo vago y obsesivo, apenas una silueta, de una mujer desconocida. El protagonista, un escritor que padece amnesia, se lanza a una indagación sobre una dama anónima tiendo como únicas pistas unos tenues indicios: una frase escrita por él que declara su amor y una visión efímera (excelente la elección de la portada) de esta supuesta pasión, todo englobado en una sensación de verdad y fantasía donde es imposible discernir qué hay de cierto. Con este insondable principio (muy propio del cine negro: “Recuerda”, “Laura”, “La mujer del cuadro”, etc.) Somoza cautiva por completo la atención y acompañamos al desmemoriado protagonista en su investigación con una total compenetración y entendimiento. Los dos, amnésico y lector, partimos de cero en el conocimiento personal del narrador y su entorno, que nos permite sentir las mismas “experiencias”. No son pocas veces las que Juan Cabo se dirige directamente al desconcertado y confuso lector reclamando comprensión y complicidad.

Narrada en 1ª persona (con una pequeña excepción a la 3ª en un fragmento disparatado) con un carácter introspectivo y, en ocasiones, divagador, nos lleva por las vicisitudes de este novelista peculiar que posee una naturaleza (¿ex profeso o coincidencia?) muy aproximada al propio Somoza. Me refiero a la descripción física, a la edad pareja, la popularidad de la que ambos gozan con premios literarios y, forzando las analogías, las iniciales del escritor protagonista coinciden con las del nombre compuesto del autor real.
El tono de suspense consigue aprisionar el interés, pone en incertidumbre cada suceso y posible conjetura que podamos deducir. Es constante el “juego de espejos” que se deriva de todo hecho, pensamiento y sensación. Hay una continua incertidumbre entre la realidad y la ficción: ¿dónde comienza una y termina la otra? ¿es original o imagen? Están difuminados los límites de ambas ideas, cuya permeabilidad hacen que la verdad y la ilusión permanezcan en la indecisión; sólo el lector tiene el poder y el juicio para decidir a qué categoría pertenece cada circunstancia. Por supuesto, será un veredicto subjetivo y arbitrario.
El aspecto que más me ha llamado la atención ha sido el empleo del humor para caracterizar el relato, especialmente haciendo hincapié en los dos primeros tercios (a ojo de buen cubero). Está sazonado, para mi sorpresa (nunca estuvo presente este cariz divertido en sus otros libros), con un humor que va desde la parodia y la ironía hasta rozar el surrealismo o el absurdo.

La literatura es omnipresente en la totalidad del texto y, sin exagerar, casi omnipotente; es el hilo conductor de los diferentes asuntos que se plantean. Desde el principio hasta el final, todo es una absoluta referencia al arte de las letras. La sociedad, a puertas del nuevo milenio, está algo “deformada” ante la importancia de la pasión literaria, que hace angustiar a casi todo ser letrado con un impetuoso deseo por escribir y, por tanto, recobra trascendencia e influencia el negocio editorial.
Somoza ha urdido un lenguaje metaliterario donde las descripciones, acciones, pensamientos o los juegos de palabras están dispuestos en contacto íntimo con cualquier aspecto literario: libros, utensilios de escritura, literatos clásicos, musas, ferias literarias, el proceso de creación, alegorías, diálogos directos entre autor y su personaje (posible homenaje a uno de mis eternos pendientes: “Niebla” de Unamuno), etc. Así, uno de los recurrentes puede ser “La divina comedia” con un paródico Virgilio como guía, o las poesías mitológicas de Ovidio usadas como claves para desentrañar el misterio. Los escritores, diseñadores de vida, llegan a equipararse a los mismísimos dioses del Olimpo.

Como proclama el mensaje del bello poema “Ítaca” de Kavafis o la célebre frase de Punset: “No es importante la meta sino el camino recorrido”, de este modo, el final, según mi parecer, no está a la altura de la presentación y el desarrollo de la historia; no obstante el giro imprevisto, esa otra vuelta de tuerca sobre la identidad y la dualidad realidad-ficción, le da un matiz ambiguo y rico a estos conceptos, que, como puntualicé antes, el lector tiene la última palabra.
“Dafne desvanecida” tiene todos los alicientes que espero y anhelo de la buena prosa (cuando toca) de Somoza.


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