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Crítica de FAUSTOLas brujas de Salem

FAUSTO

CUANDO LA FE DERRAMA SANGRE

Arthur Miller tomó como base un episodio vergonzoso e irracional que aconteció en Salem, 1692, todavía perteneciendo a Nueva Inglaterra. Los juicios de estos fanáticos puritanos llevaron a la horca a unos 20 condenados por brujería, la mayoría mujeres, y varios centenares fueron procesados.
Sobre este esquema, el escritor “cristalizó” la no menos vergonzosa e irracional vivencia personal con la “caza de brujas” del senador McCarthy en los años 50. Estos paralelismos demuestran el escaso progreso de la condición social y humana en 3 siglos, y que por desgracia continua, no hay más que echar un vistazo a la actualidad mundial o nacional.

La tragedia se divide en 4 actos, todo un portento el último. El origen de esta histeria y terror colectivo es iniciada y fomentada por Abigail, tomada como una visionaria: una Juana de Arco antagónica con imágenes y mensajes revelados por el Diablo. Proctor, el otro personaje principal, enredado sin querer en las argucias de Abigail, tiene un conflicto moral, con una culpa y un juicio particular que debe ser perdonado por su mujer. Otro de los protagonistas es Hale, el ministro representante de Dios que con su “sabiduría eclesiástica” tendrá que investigar y dilucidar qué hay de verdadero en las posesiones demoniacas. Personaje interesante que sufre una conversión de criterios, y del cual he tomado una de sus frases para titular esta reseña.

En este intrincado y violento dualismo entre el bien y el mal, se genera un caldo de cultivo (el crisol) donde se mezclarán varios ingredientes: el mal como entidad y lo prohibido como comportamiento personal; la reputación por el buen nombre que se tiene en la comunidad, que cualquier chismorreo o sospecha puede echar por tierra; el desamor y la pasión hará lo imposible por recuperar lo perdido, y como último recurso queda la venganza; el arrepentimiento sincero y el requerimiento del perdón del ser querido; la superstición y la ignorancia ante cualquier acto ajeno a la religión; el desafío a la autoridad ciega y corrupta con la verdad y la honradez; las envidias y luchas vecinales por las tierras y posesiones; las hipocresías sociales, la mezquindad del ser humano con sus intereses, y el placer embriagador del poder para hacer daño. Todas las actitudes tienen una identificación con la locura, desde el principio hasta el final del texto, un sentimiento realmente perturbador, tanto en victimas como en verdugos.
Estos elementos están aderezados por las ideas principales: el fanatismo, el miedo y el despotismo de la autoridad.
La única forma de salir limpio y puro de conciencia en este ambiente tiránico, es la aceptación del destino trágico, asumir con resignación el castigo injusto y resistir la tentación de la única salvación: la confesión, una mentira que dejará marcado para siempre el alma.

Si bien me gusta leer teatro, es más difícil para mí calificar el estilo de este género, que definir la prosa de las novelas. Los diálogos claros y directos de este drama histórico, sin ninguna traba del lenguaje de la época, poseen la propiedad de agilizar la trama (se sigue el argumento con avidez) y plasmar con contundencia las ideas que emanan de las palabras y reflexiones. Como comenté más arriba, hay varios grados de profundidad para la interpretación del texto, y el trasfondo lleno de conceptos ha sido lo más atrayente.


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