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  • Aquella noche, en el hotel; nuestra habitación, el largo corredor vació, nuestros zapatos en la puerta, una gruesa alfombra en el suelo de la habitación; fuera, la lluvia contra los cristales y en la habitación, una bonita luz, agradable y dulce. Luego la luz apagada y la voluptuosidad de la finura de las sabanas y de la cama confortable. Sentirse en casa; no sentirse solo; despertarse en medio de la noche y encontrarla al lado, que no se ha marchado. Todo lo demás parecía irreal. Dormíamos cuando estábamos cansados, y si uno de los dos se despertaba, el otro se despertaba también; así nunca nos sentíamos solos. A menudo un hombre tiene la necesidad de estar solo, y una mujer también tiene esta necesidad; y, si quieren, están celosos de constatar este sentimiento mutuo; pero puedo decir con toda sinceridad que esto no nos había pasado nunca. Cuando estábamos juntos nos sentíamos solos, pero solos en relación a los demás. Solo sentí esta impresión una vez. A menudo me había sentido solo estando con otras mujeres, y así es cuando uno se siente mas solo; pero, nosotros dos, nunca nos sentíamos solos, y nunca teníamos miedo estando juntos. Ya se que la noche no es parecida al día, que las cosas ocurren de otra manera, que las cosas de la noche no pueden explicarse a la luz el día porque entonces ya no existen; y la noche puede ser espantosa para una persona sola tan pronto como se de cuenta de su soledad; pero, con Catherine, no había, por decirlo así, ninguna diferencia entre el día y la noche, solo que las noches eran aun mejores que los días.
    Ernest Hemingway, Adiós a las armas

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